Jon Coupal

“Hay mentiras, malditas mentiras y estadísticas”, dice el viejo dicho. Siempre ha sido cierto que las estadísticas se pueden presentar de manera altamente engañosas e intencionalmente confuso.

Una ciudad del medio oeste podría afirmar con sinceridad que su temperatura promedio es de 74 grados perfectos- al igual que las islas de Hawai. Podría ser técnicamente cierto excepto que la desviación de esa temperatura en el clima subtropical no es muy grande, mientras que la ciudad del medio oeste podría oscilar desde bajo cero grados en el invierno al calor de tres dígitos en el verano. Ese “promedio” que suena cómodo no es la historia completa.

Aun así, por susceptibilidad a la manipulación, las estadísticas no comparan ni tienen autoridad sobre las encuestas, especialmente las encuestas políticas. Durante esta temporada primaria en California, los varios candidatos están lanzando montones de encuestas para mostrar que tan avanzados están de sus competidores. Dos encuestas diferentes pueden mostrar resultados diametralmente opuestos, con un candidato que muestra que está liderando entre un 80 y un 20 por ciento por encima de su oponente, mientras que el oponente puede afirmar estar por delante por un margen de 90 a 10.

La credibilidad de las encuestas políticas recibió un gran golpe en las últimas elecciones presidenciales. Virtualmente, todas las encuestas mostraron que Hillary Clinton había logrado una victoria relativamente fácil sobre Donald Trump. De hecho, su camino de Trump a la victoria en el colegio electoral era tan estrecho que tendría que ganar en todos los estados indecisos- algo que todos los expertos dijeron que era casi imposible.

Lo que es particularmente extraño acerca de esa elección es que incluso las buenas encuestas estaban equivocadas. Y por buenas encuestas nos referimos a aquellas administrados por encuestadores que no tienen una agenda política. Los buenos encuestadores admitirán que su reputación depende en ser precisos en sus predicciones.

La lección aquí es que los votantes necesitan tomar cualquier encuestas con un grano de sal. Eso es especialmente cierto cuando la encuesta es pagado por un grupo de interés.

Un ejemplo reciente lo aclara. Ha habido un impulso reciente por parte de los partidarios de aumentos a impuestos para imponer una “tarifa” estatal en las facturas mensuales de agua de todos los usuarios del agua- que incluye propietarios de viviendas y empresas- para pagar por los programas para hacer frente a los suministros de agua contaminada. Curiosamente, la oposición a la propuesta incluye a la asociación de agencias de agua de California y a la asociación de contribuyentes Howard Jarvis, dos grupos frecuentemente en desacuerdo con las prácticas de tarifas de agua. Pero aquí, ambos grupos tienen profundas preocupaciones sobre la intromisión del estado en un área que es mejor dejarla a los intereses del gobierno local.

Los que están a favor de la tarifa- grupos de justicia ambiental y social en el Valle Central, donde la contaminación del agua subterránea es un problema real- han argumentado que solo el estado puede proporcionar los recursos necesarios para combatir el problema, especialmente porque ocurre principalmente en comunidades de bajos ingresos.

Aunque el tema de esta “tarifa” de agua estatal no es un asunto electoral- al menos todavía no- ambas partes han producido encuestas que han lanzado a el público con el propósito de influir a los miembros de la legislatura. No es sorprendente, que las encuestas produzca a dos conclusiones opuestas. La asociación de agencias de agua de California publicó una encuesta que muestra que el 73 por ciento de los encuestados se opuso a la imposición de una tarifa estatal de agua. Los intereses a favor de la tarifa publicaron una encuesta poco después, alegando que el 69 por ciento de los encuestados apoyaría dicha tarifa.

Entonces, ¿cómo pueden dos empresas encuestadoras, dependiendo de grupos similares de encuestados, llegar a conclusiones opuestas? Una respuesta es que los intereses a favor de la tarifa hicieron un uso liberal de las preguntas “push” en su encuesta. Empezaron por hacer preguntas sobre el infame problema de Flint, Michigan, que por supuesto no tiene nada que ver con California. En el momento en que la encuesta llegó a la cuestión de cobrar un dólar por mes para tratar el problema en California, los encuestados serían adoctrinados lo suficiente como para no querer parecer tacaños al representante de la encuesta.

Curiosamente, la encuesta a favor de la tarifa no hizo la pregunta relevante a la cual la respuesta sería muy esclarecedora: ¿Las comunidades que no tienen contaminación del agua subterránea deben pagar una tarifa por un servicio del cual no obtienen ningún beneficio?

Mientras los californianos se dirigen a las urnas en un par de semanas y más adelante este año, sería una buena idea hacer una pequeña investigación sobre la validez de cualquier encuesta que afirme ser un reflejo preciso de donde se encuentran los votantes en un tema o candidato determinado. Hay tantas encuestas que son engañosas, en realidad están empezando a hacer que las estadísticas se vean bien.